sábado, 29 de octubre de 2011

*Las malditas clases sociales*

Hace unos días atrás volvíamos del San Cristóbal con uno de mis hermanos. Íbamos camino a casa. Cansados por la jornada, avanzábamos silenciosos la mayor parte del trayecto, comentando una que otra cosa de repente. De juegos, del cumpleaños de mi mamá, del paisaje. Hasta que él, ya no recuerdo bien por qué, sacó el tema de las parejas, del tener o no dinero, de con quién debemos relacionarnos, del odio directo hacia los ricos. Complicado tema. Gran sorpresa, como pocas veces. Por eso lo escuché muy atento.
Tenía 17 o 18 años y estaba en los últimos cursos de la media en el Sotomayor, por ese tiempo un colegio de gran renombre en la comuna de Las Condes. En esos años vivíamos allá aún, en el sector medio-bajo. Una compañera de clases de mi hermano decía quererlo mucho. Ella era de plata. A mi hermano también le gustaba bastante, pero no tenía mucho dinero, sino lo justo y necesario. Mi familia rebosaba de humildad, cristianismo y ausencias. Mis padres y otras personas siempre le dijeron que no se involucrara con chicas como ella, pues él no tenía nada que ofrecerle a su altura. Que no era conveniente, que lo haría sufrir, que lo humillaría. Esas fueron sus palabras al menos, quizás distorsionadas, quizás fieles reflejos de un recuerdo.
Un día mi hermano decidió esperarla luego de que saliera de clases. Le había pedido la dirección de su casa con anterioridad, así que decidió hacerlo cerca de allí, de sorpresa. Había guardado valor. Iban a estar juntos. Era el día elegido y emprendió el viaje. Al llegar al barrio y buscar su casa, se dio cuenta del contraste del que le habían hablado. El golpe fue fuerte. Los consejos tocaron fondo. Parado frente a lo que le parecía una mansión lujosa, bajó su cabeza y a paso lento volvió, dejando la sorpresa abandonada y con ella la oportunidad de construir algo. No le importó razones ni emociones ni posibilidades. Simplemente se cegó frente a la cruel y cruda realidad.
Comenzó a guardar odio a los ricos. Aprendió más que nunca lo que era ser rico y pobre. Aprendió que él nació en una familia que nunca sería como la de ella. Eso es lo que le enseñaron.
Al tiempo la chica se le acercó. Le dijo que quería estar junto a él. Que lo quería mucho, que no le importaba nada más, nadie más. Le daba lo mismo dejar todo por estar juntos, pues lo quería tal como era. Tal cual, sin más ni menos. Increíble. Lo otro no era más importante. Mi hermano la rechazó, diciéndole que se olvidara de él y que buscara a alguien que valiera la pena, a su altura, de su clase, que él no le ofrecería grandes cosas, que no tenía dinero para una casa y un auto siquiera. Prácticamente, le dio a entender que ella estaba ilusionada con un detalle irónico imposible. Era solo un capricho. Ella lloró frente a él. Él no dijo nada más. Todo quedó en nada. No se volvieron a ver más. La ilusión se manchó...

Malditas clases sociales.



De eso me hablaba mi hermano cuando volvíamos del cerro, cansados. No me mostré impresionado, pese a que lo estaba. Sé que es un recuerdo que acarrea hasta hoy en día, uno no superado, uno que le marca los pasos cada vez que se acerca o afronta con esa clase de personas. ¿Clase de personas? Qué estupidez. Pero es lo que muchos han construido, lo que muchos nos hacen creer y lo que muchos reproducen sin más...
Ahora mi hermano piensa que ella está casada, tiene cuatro hijos y vive con un tipo con dinero al igual que ella, con autos, con casas, con lujos como nunca, con viajes al extranjero. Pero ¿y si no fue así? ¿Y si ella no era como él pensó que sería? ¿Y si ella hubiese sido capaz de quebrar el círculo vicioso socio-cultural?

No hay comentarios:

Publicar un comentario