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sábado, 12 de noviembre de 2011

*Oldnews: El primer asalto vikingo*

~ La tempestad divina en Lindisfarne[1] ~


“793: En este año aparecieron unos presagios terribles en Northumbria[2], que asustaron mucho a la gente. Consistían en inmensos torbellinos y relámpagos, y se vieron dragones llameantes volando por el aire. Aquellas señales fueron inmediatamente seguidas por una gran hambruna, y poco después, el 8 de junio del mismo año, los estragos de los hombres paganos destrozaron la iglesia de Dios en Lindisfarne, saqueando y matando”[3].

Las crónicas anglosajonas se refieren a una calamidad que dio inicio en los lindes del siglo VIII y que arrasó varias costas del mar del norte, logrando implantar en tierras boreales europeas un imaginario imbuido de supersticiones y fatales ideas que acogerían sin más las historias de esas aguas en los siglos venideros. Los escribas recordaron y registraron tales hechos con la inevitable pincelada fantástica y el espíritu inocente de la época, tal como lo plantea Pörtner. Quizás, presos del terror, fue realmente lo que proyectaron sus confundidas cabezas acerca del grave acontecimiento. O bien, fue por el simple ánimo de glorificar en escrito lo que cederían de ahí en adelante al futuro. De cualquier manera, incluso siendo esta última opción, el suceso fue digno de merecerse esa atención. Si fue tan terrible o no ha sido una interrogante ampliamente discutida, pero lo cierto es que desde la perspectiva cristiana occidental sí que se podría justificar aquello.
Eran los llamados hombres paganos por los cristianos, los piratas del norte, los nórdicos o vikingos, popularmente. Qué fue lo que ocurrió ese 8 de junio del 793 lo describiremos a continuación, pero no sin dejar en claro quiénes eran los protagonistas.
En cuanto a origen, los vikingos pertenecieron a los pueblos escandinavos, de los países nórdicos o del norte europeo, territorio que a nuestra fecha se identifica con Dinamarca, Noruega y Suecia principalmente. Los nórdicos descendieron de los pueblos germanos con los cuales compartieron en tiempos antiguos una lengua ancestral, la cual paulatinamente pudo diferenciarse en la medida que se ramificaba e internaba en distintas regiones del continente. Estos germanos del norte se establecieron en las costas del Mar Negro y del Mar Báltico alrededor del siglo VI a.C., pasando desapercibidos para griegos y siendo tardíamente conocidos por los romanos.
Ciertamente, hablar de la identidad concreta de los vikingos es muy complicado. Clements se refiere a ellos como “un grupo creado por las circunstancias, no por la sangre. No eran una raza, ni tenían ningún sentido de patriotismo o de ser vikingo”[4]. Más bien, un vikingo pudo haber sido considerado como “un comerciante escandinavo (danés, noruego, sueco y después, a partir más o menos del 900, islandés) particularmente dotado para el negocio y la navegación que debió de existir como tal mucho antes del siglo IX”[5]. No obstante, este intento por delimitar nacionalmente a los comerciantes del territorio es incompleto, pues se ha planteado que incluso galeses, escoceses y estonios llegaron a ser catalogados en su época como mercaderes vikingos del mar. No había cohesión. Respecto a esto, son bien conocidas en la historia escandinava las numerosas luchas de sucesión y conflictos entre los reinos por el dominio de la región y los mares. No puede hablarse de nación o unidad. Sí de ciertas circunstancias dentro de un territorio bien definido.
Vikingos, habrían sido entonces, los hábiles navegantes y mercaderes establecidos en la región de Escandinavia, principalmente, y en otros territorios vinculados al Báltico, por ejemplo, que adoptaron aquella práctica característica a lo largo de las rutas marítimas del norte de Europa. Desde el 900 aproximadamente, Islandia ya poblada se inserta efectivamente en el escenario.
Pero no todo el mundo escandinavo era comerciante, naturalmente. No todos eran vikingos. Estaban quienes se asentaban en sus tierras todo el año, quienes comerciaban o aventuraban por las aguas e incluso, claro está, quienes sembraron batallas en tierras lejanas. En cuanto a distinciones genéricas de los nórdicos, Boyer nos plantea que “conviene en efecto distinguir entre el danés, comerciante marrullero siempre a la cabeza en la problemática del modernismo de la época, que actúa preferentemente en grupos pequeños unidos por obligaciones constrictivas y colocados bajo la autoridad de un jefe, y el noruego, seguramente menos organizado, más tentado por la pura aventura y centrado en cimientos familiares o políticos, es decir, representados por el rey (konungr), que reina sobre el fondo de un fiordo o una porción de un valle. En cuanto al sueco, el más pacífico de todos, al parecer, es también el más comerciante”[6].
Los matices para identificar a un vikingo son varios. Sin embargo, para el caso de este escrito, a sabiendas del contenido discutido, nos daremos el lujo de denominar vikingos también a los personajes que protagonizaron el violento suceso que detallaremos, pese a no identificarse exactamente con los comerciantes referidos, por la sencilla razón de que será más cómodo para el lector que, ávido de los antecedentes aquí entregados, podrá alardear correctamente y sin dificultades sobre este breve y sencillo tema en la posteridad en el caso de que así lo requiera.
Hablaremos de los bélicos vikingos sin más.

*

Lindisfarne acogía uno de los santuarios más importantes de Inglaterra hacia el 793. Aquel 8 de junio una flota de vikingos, probablemente de las costas noruegas, se aproximó a la isla cerca de mediodía. Los monjes, enterados visualmente de aquel suceso en el horizonte, se despreocuparon y siguieron en sus labores. Quizás, pensaron, eran viajeros accidentados en alta mar en búsqueda de víveres y refugio necesarios. Los monjes no temían en absoluto. Pörtner aporta gran material al suceso: “Pero de súbito les vino el infierno encima. Los tripulantes de los barcos pusieron pie a tierra, y gritando espantosamente, al tiempo que blandían hachas y espadas, se precipitaron contra los indefensos monjes que les salían al encuentro llenos de confianza, los derribaron al suelo, “los asesinaron, se llevaron a algunos, arrastrándolos con cadenas, los despojaron de sus ropas y cubrieron de burlas ignominiosas y a más de uno ahogaron en el mar”. Tampoco los criados del monasterio se libraron de la carnicería. Incluso las mujeres fueron asesinadas o “conquistadas a filo de espada”[7]. Así comenzó aquel trágico festín cristiano.
“Ávidos de botín, los desconocidos guerreros robaron todo cuanto no estaba sujeto con pernos y clavos. Saquearon el tesoro de la iglesia, hollaron los lugares sagrados, derribaron los altares, destruyeron la biblioteca del monasterio, se apoderaron del contenido de bodegas y graneros, mataron en los pastos vacas y ovejas y prendieron fuego a todos los edificios.
Vociferantes y ebrios de triunfo, regresaron a sus barcos, que adornaban con mascarones en forma de dragón, y desaparecieron. Atrás sólo quedaban escombros humeantes, playas empapadas en sangre, una isla desierta: un lugar de horror y desolación”[8]. Nada menos ese día.
Tal como se planteó anteriormente, “al espantoso asalto (le) precedieron innumerables signos extraños e inquietantes. Terribles tormentas descargaron sobre la isla de San Cutberto, huracanes desatados arrancaron de cuajo árboles y arbustos, alados dragones de llameantes fauces volaron sobre la isla solitaria y, en tiempo de Cuaresma, cayó una lluvia de sangre sobre el tejado de la iglesia de San Pedro, en York”[9]. ¡Qué increíbles historias llenaron aquella fecha!
Y he aquí que el imaginario cristiano fue el más dañado. Nuevamente Pörtner nos ilumina en esto. “Para los cronistas eclesiásticos de aquel tiempo la explicación no podía ser más simple. Veían en los vikingos el azote de Dios; en sus asaltos, el castigo que Dios enviaba encolerizado por la vida pecaminosa de los hombres: una explicación adecuada a los tiempos y de índole espiritual, que sólo revela que el mundo cristiano se hallaba frente a las campañas de los vikingos como ante un fenómeno de la naturaleza, impotente y lleno de miedo; como ante un temblor de tierra o un maremoto, que la razón humana no acierta a comprender”[10]. Un horror, así, incontrarrestable.
Clements alumbra un posible motivo del por qué ese pesimismo exagerado que las letras de los cronistas de la época intentaron reflejar sobre los hombres del fresno. “Los vikingos no eran mucho más feroces que los otros pueblos que guerreaban por el control de Europa en esos años. Lo que los distinguía era que no tenían ningún escrúpulo en convertir en blancos a miembros del clero. Mientras que las ciudades y las aldeas disponían de muros defensivos, fuertes y milicias locales, los monasterios estaban particularmente expuestos e indefensos; sus ocupantes no esperaban que los atacaran y, por consiguiente, no podían oponer mucha resistencia”[11]. Los lugares más cercanos a Dios podían ser los refugios más seguros para guardar todo tipo de riquezas, pues eran intocables. Pero esta convicción no era así para los vikingos. No era su fe. Monjes o no, cabían todos en el mismo saco.
El suceso de Lindisfarne puede observarse plasmado en un relieve de piedra que seguramente fue construido en el lugar luego de la tragedia. Este suceso fue el primero registrado de muchos otros que le sucedieron de ahí en adelante. Las costas de los reinos anglosajones no volvieron a estar tranquilas dentro de los próximos tres siglos. Empero, no es descabellado pensar que el ataque a la abadía de Lindisfarne no fuese la primera relación real entre los vikingos y los anglosajones. Campbell dice que “es probable que los contactos entre Inglaterra y Escandinavia existieran desde mucho antes. Incluso en el período previkingo de los siglos VII y VIII, ciertas similitudes entre los estilos artísticos de Inglaterra y Escandinavia indican sin duda un grado de contacto a través del mar del Norte”[12]. Probablemente fuese la dinámica comercial la responsable de este contacto.
Naturalmente, los mercaderes escandinavos de pieles y ámbar pudieron conocer las tierras anglosajonas pacíficamente desde antes y, de hecho, es aceptable pensarlo si tomamos en cuenta que la realización de una travesía marítima como la de Lindisfarne no era sencilla en la época. Necesitaban conocer esas tierras, tener cierta familiaridad con ellas, y contar con asentamientos temporales en archipiélagos cercanos como las Hébridas. Los atacantes del norte conocían esas costas y mares en gran medida y sabían manejar sus rutas, seguramente. Reforzando esta idea, Clements dice que años antes del 793 ya habían registros que detallaban sucesos protagonizados por los nórdicos e incluso asesinatos iniciados por mercaderes ambulantes en las costas británicas.
“En 792, un año antes del ataque “sorpresa” a Lindisfarne, el rey mercio Offa ordenó la construcción de defensas costeras en el este de Inglaterra, una instrucción que difícilmente daría un rey que no espera un ataque”[13]. El peligro acechaba desde hace años ya antes del registro.
Los que fuesen mercaderes alguna vez levantaron hachas luego. La paz se volvió disputa. Pero ¿qué llevó a los vikingos a abalanzarse sobre las costas anglosajonas y europeas de ahí en adelante, continuamente, en lo que se ha llamado el estallido de la era vikinga? Hay varias teorías al respecto, como la sobrepoblación, pero ellas corresponden a barcos de otro gran horizonte.
Lo cierto es que el asalto a Lindisfarne marcó en las crónicas anglosajonas el inicio de la era de la plaga del norte. En los registros, Lindisfarne fue la mecha de un estallido inevitable e impactante.

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~ Bibliografía ~

*Clements, Jonathan, Los vikingos: Los últimos paganos, Barcelona, España, Ediciones B.S.A., 2007.

*Boyer, Régis, La vida cotidiana de los vikingos, Palma de Mallorca, España, José de Olañeta, 2005.

*Pörtner, Rudolf, La saga de los vikingos, Barcelona, España, Editorial Juventud, 1990.

*Graham-Campbell, James, Los vikingos, Barcelona, España, Ediciones Folio, 2005.


[1] Lindisfarne es una isla mareal localizada al noreste de la costa inglesa, en la región de Northumberland, en donde se encuentran las ruinas de un monasterio cristiano. Lindisfarne es llamada también “Holy Island”.
[2] Northumbria hace referencia al reino anglo del mismo nombre que existió entre los siglos VI y IX al noreste de la gran isla, al “norte del río Humber”, antes de que el territorio se anexara al reino de Inglaterra en 829.
[3] James Graham-Campbell, Los Vikingos, Ediciones Folio, España, 2005, p. 122.
[4] Jonathan Clements, Los vikingos: Los últimos paganos, p. 31.
[5] Régis Boyer, La vida cotidiana de los vikingos, p. 21.
[6] Ibídem, p. 28.
[7] Rudolf Pörtner, La saga de los vikingos, p. 10.
[8] Ibídem, p. 11.
[9] Ibídem, p. 11.
[10] Ibídem, p. 16.
[11] Jonathan Clements, Óp., Cit., p. 74.
[12] James-Graham Campbell, Óp. Cit., p. 122.
[13] Jonathan Clements, Óp., Cit., p. 75.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

*Reflexión: Diversidad sexual*

        Estimado Director, estimados todos:

Se puede cuestionar la democracia e incluso no creer en ella, siendo esto válido, pero en lo concreto en Chile todos bailamos bajo el ritmo de la misma danza: el paradigma democrático liberal. Por ende, corresponde dar respuestas a la mayoría de las partes. Y he ahí la cuestión. El matrimonio homosexual debiera ser aceptado por ser parte de los intereses, emociones y proyecciones sinceras de muchos ciudadanos. Sí, muchos. La diversidad sexual seguirá aparentemente siendo una minoría para la población mientras los esquemas sociales-legales no le permitan un espacio para evidenciarla con tranquilidad. No obstante, pese a creer que este paso es esencial para generar mayores discusiones y abrir nuevas posibilidades de comprensión y perspectiva sobre el asunto social y sexual de la diversidad, no creo que sea el último gran paso en este proceso de aceptación. Más bien sería el inicial dentro de una complejidad profunda.
Creo que proyectarse con otro ser humano, siendo esta una opción y no un deber vital, no debiera desembocar inevitablemente en un matrimonio, en un par de hijos, ni tampoco sólo en una unión macho-hembra. Esas son opciones entre otras. El carácter común y correcto que le imprimimos generalmente a esos requisitos de norma social corresponde nada más que a la costumbre de una construcción cultural de peso histórico complejo (que no indagaremos aquí) que debemos comprender para posteriormente transformar. Si no somos conscientes de que tras la moralidad del presente se encuentran procesos históricos de siglos y siglos, no entenderemos que los valores y la institucionalidad actuales no son absolutos, ni permanentes, ni intocables. Ni tampoco divinos. Si no hacemos un esfuerzo por comprender con mayor profundidad nuestra realidad social, no contribuiremos con verdaderos cambios más allá del simple acomodo de la tradición a las nuevas tendencias sociales. Los cambios deben llegar al fondo del asunto, y no solo ser prácticas decisiones y estrategias políticas o respuestas populares a las nuevas tendencias modernas.
Dicho esto, las exigencias legales acerca de la diversidad sexual en Chile no deberían buscar sólo asemejarse al modelo heterosexual de relacionarse o de conformar familia. Debiera entenderse esto como una opción y no como un único camino. La libertad sexual no es ganarse el derecho heterosexual, sino que es tener la libre opción de “optar” a ello como también a otras formas de convivir, de actuar, de pensar. En el fondo, aceptar y comprender la libertad sexual creo que es mucho más que pensar solo en el matrimonio gay.
Sin embargo, pese a que en Chile pareciera faltar la discusión necesaria en torno al tema de la diversidad sexual en la población como para optar a un cambio de fondo, su práctica legalizada sí generará la ansiada conciencia. Ocurrirá en el largo plazo, y esa misma conciencia impulsará nuevas discusiones y escenarios complejos. Ese es el desafío de todos. No solo de hoy, sino de mañana. Esa es la importancia de legislar sobre esto.
En este sentido, el matrimonio gay sería el primer paso en lo concreto que nos guiaría a una mayor discusión del tema en el pensamiento para el futuro. Que no se llegue a pensar que es insuficiente, pues se estaría cayendo en el error de pensar que estos avances sociales no repercuten en nada. Y además, se estaría ignorando que esto es un proceso, no de un día, no de una ley. Sino de años...

PS: El artículo “¡No se confunda, la homosexualidad es una anomalía!” de Teresa Marinovic, publicado el 30 de Junio del presente año en su blog personal (http://teremarinovic.blogspot.com) es una clara muestra de que, aún con la notable preparación académica, la cegada tradición sigue muy presente. Es un ejemplo de que la diversidad sexual sigue observándose desde la exclusión, desde la superficialidad, sin ir a la filosófica comprensión de fondo. Marinovic, licenciada en filosofía, cree que es un “estilo de vida”, pero no entiende que es simplemente una forma de sentir aquella.

Javier Cortés Echeverría. Estudiante de Licenciatura en Educación con mención en Historia y Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica, en la UMCE, ex Pedagógico de Chile. Carta escrita en Julio del presente año...


miércoles, 24 de agosto de 2011

*Nada es gratis en esta vida*

"Nada es gratis en esta vida". Un escrito para la mayoría de la población ciudadana y en directa protesta frente a la frase célebre, vinculada a la educación, del actual Presidente Sebastián Piñera. Chile, 2011.


En la vida mucho tiene un precio, pero gran parte de esos costos son aberraciones socioeconómicas que atentan contra los valores republicanos y democráticos que debieran garantizar y representar cercanamente a todos los ciudadanos acogidos por el Estado. Muchos somos los perjudicados, pues actualmente se sobreponen a los principios liberales y humanitarios un egoísmo y comodidad económica que no permite lugar a un beneficio para todo el cuerpo social. ¿Dónde está el bien común? Los privilegios excluyentes seguirán existiendo mientras solo un pequeño círculo de la sociedad se beneficie mayormente de los bienes del Estado y del aporte de todos los sujetos conformantes de aquel. Sí, podemos decir entonces que en la vida casi todo tiene un precio, pero que solo algunos pueden cargar con el financiamiento de servicios tan básicos y costosos como lo es la educación, y eso claramente no es aceptable. ¿Dónde está la equidad? ¿Dónde está nuestra libertad cuando verdaderamente estamos atados con las cadenas del endeudamiento, de las privaciones? Pensemos, por favor, si es válido que el sueldo de una familia modesta pueda ser superado en 40 veces y aún más por una familia que dudo mucho se haya esforzado 40 veces más que la otra para merecerlo. ¿Por qué la familia modesta gana menos dinero entonces? Bueno, porque hoy no se premia el esfuerzo y el mérito libre y responsablemente, no. Muchas deserciones académicas ocurren a causa de situaciones socioeconómicas críticas que no pueden ser sostenidas mucho tiempo. Por detalles de trasfondo como esos es que la ciudadanía debe vislumbrar un cambio en materia de bienes culturalmente básicos, si se pretende seguir hablando del gran Chile del siglo XXI, como lo es la educación. La educación debe ser un derecho equitativo para todos, un derecho que debemos exigir, pues en un escenario democrático el dinero como criterio supremo de proyección académica, y social, debiera estar erradicado desde hace largas décadas.
Si todo el cuerpo social tuviese un poder adquisitivo equilibrado quizás la aberración socioeconómica de la que hablamos, junto con excesos como el lucro, ya no sería la norma. Sabemos que a estas alturas ni el "chorreo" ni las promesas de bienestar concretas, permanentes y significativas se han presentado. Que la palabrería de la política descontextualizada no nos consuma ni manipule. Se necesita un cambio estructural y ese cambio se debe iniciar desde hoy. Los frutos serán para el mañana. Es por eso que debemos impulsar nosotros el primer paso hacia una base cultural realmente para todos, como lo es la educación, que nos permita la apertura de conciencias, de oportunidades y de participaciones ciudadanas mejores y más justas para las generaciones venideras. Si bien la financiación estatal de la educación no es lo único que llevará a la ansiada "calidad", creemos que sí es uno de los grandes factores a partir de los cuales se podrá construir con mayores facilidades algo más cercano a ello. El contraste socioeconómico no puede ignorarse y creemos que desde ninguna perspectiva que se haga llamar libre, democrática o humanitaria puede justificarse su existencia. Ciudadanos todos, el escenario hacia un futuro más equitativo está próximo, en nuestro presente, en las acciones que hoy todos en conjunto enlacemos para que dé inicio un nuevo proyecto social desde la base de una real educación pública. Vamos, demostraremos a todos un “quizás”.

Escrito en apoyo a la masiva convocatoria ciudadana para el 03 de Septiembre del 2011 en el Parque O'Higgins, en pos de un cambio cultural y legislativo de la educación chilena. Publicado el 22/08/11.

Para información complementaria y explicativa acerca de la cuestión de interés aquí, revisar el siguiente artículo del economista Marcel Claude, "La educación pública es posible".